EL DESIERTO DE ATACAMA Y LA CONQUISTA DE CHILE


MAPA COLONIAL DE AMÉRICA




CONSUMADA la conquista del Perú, don Francisco Pizarro asentó sus reales en él, seguro de haber logrado la meta de los propósitos acordados en el célebre reunión de la isla de Callo, donde trece vigorosos soldados ibéricos trazaron su propio destino y el de esta parte  de nuestra América.
   El conquistador no abrigaba más propósitos aventureros que los que al Perú le habían llevado. Por eso, a sabiendas que al sur del Imperi, al lado opuesto del serpenteante río Loa, se extendía otro país ignoto llamado Chile, pobre en riquezas  e indios, al decir de los quéchuas, nop abrigó intenciones de ir en su descubrimiento y conquista. Estas tareas quedaron destinadas  a dos hombres, capitanes de noble cuño, como eran DonDiego de Almagro y Don Pedro e Valdivia.






NAVE ESPAÑOLA Portadora de los héroes en las
rutas


   Chile, pues extendía su sábana larga  y angosta, bañada por el Pacífico, desde la ribera sur del río Loa hasta el Austro, y para llegar a lugar poblado debíase atravesar el Despoblado de Atacama "que era parte de él". Más de tres grados geográficos de extensos desiertos, sin vida vegetal ni animal; un desierto  inclemente, sin agua que pudiera saciar la sed de algún pueblo que allí  se asentase. Sin embargo , en los contrafuertes andinos, apegados a las gargantas de los grandes pliegues de la costa terrestre, por donde corrían hilillos de agua de los deshielos, había pequeños núcleos de indígenas, de costumbres y tradiciones propias, que se denominaban "Kunzas" o "atacameños". ¿Quiénes fueron sus ascendientes?. Quizas vinieron de los "mayas", raza de avanzada civilización  que dominó el centro sur de México, de la cual, al llegar, Hernán Cortés, encontró en Yucatán sólo ruinas y monumentos  de aquella grandiosidad, que aún perdura en Chechén-Itza y en otros lugares mediterráneos; o de los "toltecas", o bien de los "tiahuanacus" del Titicaca, todos adoradores del sol.
     Y por último, suposición más acertada; de las razas asiáticas, también adoradores del astro rey, los polinésicos rinden culto a Kon, es decir al sol.

Pedro de Valdivia Conquistador de Chile



Francisco Pizarro Conquistador del Perú




Diego de Almagro Descubridor de Chile



ETNOGRAFIA

Desaparecidos los "tiahuanacus", raza superior, aparecieron los "diaguitas" del sur, (provincias de Atacama y Coquimbo); los "cachalquíes", "lules", "juríes" y "quilmes", en la región noroeste argentina; los antiguos "collas" en los "charcas" (Bolivia); los "uros pescadores", "cananchacas" o "camanchacas" y unas cuantas tribus más de escasa importancia, cuya existencia  no tuvo mayor trascendencia, porque no dejaron rastros de su permanencia en estas regiones.
   Los "uros pescadores" se fueron a la costa y de ellas  surgieron los "changos", raza inútil, ictiófaga y molúscofaga, de escasa dimensión craneana, pobre y floja. La medida de su capacidad mental la da el hecho de que a lo largo de la costa donde desenvolvió su existencia, no dejara vestigios  de una cultura más o menos regular, tan sólo osamentas que los antropólogos han calificado de próximos cavernarios.
   En cambio, la raza atacameña no puede considerarse extinguida  del todo. Subsiste  en los pueblos e los contrafuertes andinos, bordeando el Gran Salar y en la Puna. Más su sangre ya no es pura; se adentró en ella la civilización y del trasunto, tenemos esa raza mediterránea morena, de firmes facciones, pómulos salientes y redondos, e ojos aceitunados, magníficos de dientes blancos, y ancha boca, de labios gruesos, pronto a la sonrisa. Sin embargo, los actuales atacamelos que nada tienen que ver con los indios del altiplano, conservan, en parte, sus ascentrales costumbres y muy poco de su lengua secular, tan sólo en sus cánticos y rituales.
   Los quéchuas del Perú, raza superior, nueva altiva y orgullosa, sedienta de grandeza, omnipotente se desbandó trepando cerros y montañas, atravesando desiertos, cruzando las estepas y vadeando ríos para formar las fronteras, cada día más dilatadas del gran imperio llamado Tahuantinsuyo.
  Jefe espíritual y supremo, en todas sus formas, era el Inca. Hijo del sol Ascendientes y descendientes formaban una dinastía de estirpe superior a la del pueblo. Por sus venas corría sangre azul, poseyendo, además, una lengua secreta que sólo los hijos del sol podían aprender y hablar.
   Bajo el "Inti", símbolo de poder y jerarquía, cayeron los pueblos y desaparecierón razas. Por el norte hasta el Ecuador, los "Zalapatas" o "malacates", los "záparos" y los "jíbaros"; por el Este, los "aymarás", los "collas", "chirihuanos", "yuracarés" y demás pueblos de los charcas ; por el sureste, los "cachalquíes", "juríes" y "quilmes". Estos fueron arrojados de sus tierras yéndose a situar a orillas del Plata; por el sur cayeron bajo el dominio incaico, los "Diaguitas" y demás pueblos chilenos hasta el río Maule, donde fueron detenidos por los indomables "Araucanos". Y junto a todos aquellos también cayeron los pacíficos "atacameños".
   Los "mitimaes" enseñaron a los atacameños la convivencia en comunidad, una forma de evolución social que los naturales asimilaron  con facilidad.
   La comunidad  les hacía vivir en grupo de índole familiar (ayllos), y en esta forma cooperaban a las labores agrícolas. Los "ayllos" formaban un todo, del cual era jefe el más anciano  de los comuneros, el patriarca  que, munido de un bastón simbólico, ejercía el cargo de Alcalde.
   Pese a la labor de los "mitimaes", que obraban bajo normas establecidas por el Incanato, los "atacameños" no asimilaron  del todo las costumbres "quéchuas". Ni aún el idioma pudo ser introducido por el Inca, salvo  uno que otro vocablo. Los atacameños poseían una lengua propia, el "Kunza". En cambio, los quéchuas sometieron en todo orden a los "Kalameños" sitos en un pobrísimo poblado a orillas del Loa, denominado Calama (Kalama), aboliendo todo vestigio de la extracción "chincha", preincaica  que dominó el Bajo Perú hasta el curso del río Loa, posterior  a la civilización Proto-Nazca.
   El pueblo de San Pedro de Atacama (Atacama la Grande) era en ese entonces, el centro de la civilización atacameña, asentado sobre el fértil valle que riega los ríos Vilama y Atacama constituía  un caserío  de irregulares callejas, levantado de pircas  de costras  de arbustos petrificados  y techos de totora (chilcas) o ramas de algarrobo, cubierto de barro y de greda.
   Por temor a nuevas invasiones, fabricaron armas de piedra, flechas y lanzas con pedernales; levantaron fortalezas (pucarás) en las laderas de los cerros, pequeños cercos de piedra, de no menos de un metro y medio de altura, donde solían esconderse para dar las batallas, o bien, para estar a la mira de posibles incursiones enemigas.
   Mientras tanto los indios de la costa, los "changos", vivían nómades. Se trasladaban de un lugar a otro por mar, en balsas construídas de cueros de lobos, y en ellas se lanzaban en cualquier dirección, mar adentro, en busca de aguas abundantes de pesca. Comunmete  ocupaban sus "tolderías" construídas con costillas de ballenas, cueros y algas, dedicándose ya a la extracción de mariscos o a la pesca a orillas de la playa. De ahí  que se hayan encontrado en numerosos sitios de nuestra costa, enormes conchales formados por los changos en sus largas estaciones. Los indios se comían la carne de los moluscos y arrojaban las conchas en los mismos lugares de siempre, según sus costumbres.
   En las excavaciones que se han practicado  en estos famosos conchales se han hallado objetos de piedra tallada,  como punta de flechas, cuchillos, raspadores, etc., así también algunos utensilios domésticos. Por estos hallazgos se ha podido establecer que los indios changos habitaron  las costas nortes de Chile y sur del Perú, hace varios siglos, llegándose a suponer "Latcham" que su orígen se remonta a los tiempos prehistóricos.
   Pasada la invasión incaica, los changos se dedicaron al comercio de trueque con los indígenas del interior. Mercado de este tráfico fue el caserío de Quillagua, al interior de Tocopilla, ubicadoen el valle que forma el río Loa, hasta el cual llegaban los indios de Calama, Chíu-Chíu y Atacama(San Pedro), para intercambiar sus productos por pescado seco, mariscos, algas, aceite de lobos, huesos y conchas que empleaban para fabricar herramientas y adornos.
  De los incas los atacameños aprendieron el arte de fundir el cobre, en rudimentarias fundiciones, pero con la notabilidad de producir una aleación tan dura como el acero, cuya fórmula permanece en el más profundo misterio.
   Minas antiquísimas de la región, como la Huacazul, San Bartolo, collahuasi, Chuquicamata, El Incay Atahualpa, Chug-Chug, etc. fueron explotadas por los atacameños, quienes transportaban  los metales hasta sus fundiciones establecidas en los margenes del río Loa.
   Acostumbraban a velar a sus muertos  en medio de orgiásticos rituales, donde el beber chicha de maíz hasta embriagarse, constituía el homenaje póstumo al finado. Luego sepultaban el cadáver, procediendo a su inhumación telúricas procesiones, con danzas y cánticos lastimeros. En la fosa  depositaban chicha, comida y armas para que el muerto no le faltare nada en el otro mundo.
   Los Incas construyeron dos caminos o senderos longitudinales desde el Cuzco hacia Chile, los cuales llegaban hasta más allá del Maule. El primero costero y el segundo en la zona de las montañas nevadas y valles del interior.
   Se les llamaba "caminos del Inca"y de estos había una vasta red por todo el Tahuantinsuyo que actualmete es motivo de investigaciones por la grandeza de su concepción.
   Estos caminos los utilizaban tanto para cruceros  de guerra, como para servicio de correos y transporte de productos entre las zonas de su vasto imperio, principalmente el oro, la plata y las piedras preciosas
   Los tambos, empotrados a través de cada ruta, eran pequeñas chozas (Huasi) que servían de descanso y aprovisionamiento de los "chasquis" (Correos del inca) y guerreros. El actual mineral del Inca  de Oro está asentado sobre uno de esos llamados "tambos".
   Las huestes de Tupac Yupanqui pasaron por el poblado de Atacama (Tacama), hacia el año 1460, en su memorable viaje de conquista hacia Chile.Más tarde, se sucedieron nuevas expediciones, tanto de comercio, como de reducción. El último expedicionario importante que atravesó  el desierto, fue el Inca Huayna-Cápac, que llegó con sus tropas hasta el río Maule, bastión mapuche que jamás pudierón  franquear.
   Volviendo a los atacameños, puede decirse que su influencia civilizadora positiva, alcanzó hasta los "diaguitas" del sur del paralelo 27°; por el noroeste argentino hasta los centros "cachalquíes" de Humahuaca (Jujuy), donde se han encontrado restos de la pasada civilización atacameña y, por el norte hasta Pisagua (provincia de Tarapacá). En todos estos lugares se han hallado utensilios varios, vasijas de greda cocida, tejidos de vivos colores, tabletas de rapé, flechas, etc., que revelan la presencia de la civilización atacameña.
   Es claro que la mayoría de estos objetos muestran un gusto muy arcaico, tanto en pintura como en talla, puesto que los atacameños más que artífices, eran agricultores y pastores.
   Todo esto refiérese únicamente a la cultura propiamente atacameña, pues el célebre etnólogo alemán Max Uhle, cuyos trabajos en Chile, fueron notables a principios de siglo, pudo constatar que la cultura "atacameña" fundida a la "diaguita", por el sur y la de los aborígenes del norte del Perú, superó en mucho a otras culturas de esta parte de América, sobre todo, en el arte de la cerámica policromada y en la confección de tejidos y cesterías. Ambas las denomina: "Atacameño-diaguita y Chincha-atacameña".
   El año 1535 marcó para este desierto  o Despoblado de Atacama, como primitivamente se le denominaba, la fecha histórica del paso por sus inclementes tierras, del primer hombre blanco que conocieran los indígenas; ruy Díaz holló parte de su inmensidad. Más fué don Diego de Almagro, el triste y mala suerte descubridor de este lejano país, quién a su regreso de Copayapu (Copiapó), bordeó los Andes, para caer sobre el poblado de San Pedro de Atacama.
   Sorpresa fue para los pobres indios, recibir en su apasible poblado  a hombres tan extraños, cubiertos de armaduras de metal y montando bestias que jamás antes habían visto. El pánico se apoderó  de ellos y huyeron lejos, a las montañas, para no enfrentarse a monstruos de tal naturaleza. 
   Don Diego descansó algunas semanas en Atacama; herró sus caballos  con piezas forjadas por sus hombres con el excelente cobre que los indígenas fundían en las inmediaciones del río Loa; se aprovisionó  de víveres y agua y continuó su marcha hacia el norte, dejando al pueblo terriblemente impresionado con su presencia. Por los correos del Inca, se informaron los "mitimaes" y por éstos los atacameños, de los graves acontecimientos que se estaban desarrollando en el Perú, que habían culminado con la reducción completa del Imperio del Sol. En consecuencia, resolvieron extremar sus precauciones para oponer resistencia a quienes osasen invadir sus dominios, sin embargo, la espera duró cuatro largos años, al cabo de ellos, los atacameños, al saber de la proximidad de nuevos hombres blancos, montados en extrañas bestias, escondieron  víveres y animales y se aprestaron a la resistencia.
   El Capitán, Don Francisco de Aguirre, que se había adelantado a Don Pedro de Valdivia, viajando por el Alto Perú, y que no formaba parte de la compañía de aquél, cayó sobre San Pedro de Atacama viniendo desde Tupiza, y luego de una fatigosa lucha redujo a los aborígenes y se apoderó del pueblo. Los indios  de otros lugares comenzaron entonces una lucha de hostigamiento con repetidos ataques contra los invasores. Exasperado, Aguirre resolvió darles una Lección. Tomó prisionero a varios de ellos, les corto la cabeza y las clavó en lo alto de unas picas para que sirviesen de escarmiento.
   Dos meses permaneció Aguirre en San Pedro de Atacama. Al cabo de ellos, vió con suma alegría la llegada de su amigo y compañero de armas de otros tiempos, Don Pedro de Valdivia, a quién recibió  con vivas muestras  de entusiasmo. El encuentro fue cordial y tuvo por consecuencia que Don Francisco de Aguirre se sumara a las huestes de Valdivia, quién, como se sabe, había recibido de Pizarro, la merced, conjuntamete con Sancho de Hoz, de conquistar el país que Almagro había descubierto.
   En su viaje a Chile, Valdivia acampo en Atacama  la Chica (Chiu-Chiu), y había corrido al encuentro de Aguirre en Atacama la Grande con sólo unos pocos soldados, y sin que el resto de sus hombres lo supiera. La noche de la ausencia de Valdivia habría de ocurrir el asesinato de éste, fraguado por su socio don Pedro Sancho de Hoz. Mandó éste  a tres de sus más importantes compañeros: Don Antonio de Ulloa, Don Diego de Avalos y Don Juan de Guzmán a que ultimasen a Valdivia que debía encontrarse durmiendo en su tienda de campaña. La equivocación fué grande. En vez de Valdivia, hallaron en la tienda a Doña Inés de Suárez, su compañera. Se originó entonces un gran escándalo, al cabo del cual, doña Inés ordenó el arresto de los confabulados, enviando enseguida a avisar a Valdivia, para que volviese a poner fin a la sedición. El Capitán apresuró su marcha a Chiu-Chiu, y luego de oír de labios de doña Inés y de sus hombres las razones del arresto de los traidores, les procesó condenándoles a muerte.
   Sin embargo Valdivia fué cauto. No hizo cumplir la setencia de inmediato al sopesar la influencia de aquellos hombres. Oyó las suplicas de sus propios soldados pidiéndole que perdonase la vida a los condenados, cosa que aceptó  de buen grado, pues ocultaba con ello su propia desición de perdonarlos. No obstante, obligó a Sancho a líquidar la compañía con él, mediate una escritura ante el escribano, Don Luis de Cartagena, (la primera escritura notarial) hecha en Chile, el 12 de Agosto de 1540. Hoz renunció  a honores y beneficios que por la conquista de Chile le correspondían.
   Se calcula que más o menos dos meses permaneció Valdivia en Atacama  la Grande, que el mismo bautizó "San Pedro". Ordenó la construcción  de un edificio para el cabildo y una pequeña capilla para la conversión de los indios al catolicismo. Luego partió rumbo al sur con sus huestes en pos de la gloria de fundar una gran ciudad y conquistar un país que para los españoles era el más pobre de América.

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